viernes, 7 de mayo de 2010

Los 19

Es increíble como el sabor de una comida me hizo recordar el pasado. Hace mucho que no comía pasta con salsa de super y queso como ingrediente base; pero esa era mi comida más elaborada cuando tenía 19, (y eso que la pasta ni siquiera me quedaba al dente).
En esa época veía las cosas tan diferente de como las veo ahora.

Como muchos otros extranjeros yo era parte de esa comunidad transitoria, vibrante, y de cierta manera enajenada, en una ciudad europea que representaba para muchos precisamente a esos mismos adjetivos. Una ciudad a la que nadie le veía potencial para ganarse el título de "hogar para siempre".

Aprendí innumerables cosas en Barcelona. Me gustaron muchos atardeceres, amaneceres y medios días también. En esa época pensaba que el tiempo nunca iba a pasar. ¿Imaginas lo que eso significaba?

De las cosas que más recuerdo, entre muchas, el primer día de clases en la escuela de cinematografía. Mi profesor, un obstinado crítico de cine, nos dijo; a nosotros, jóvenes entusiasmados con rubor en las mejillas: "el que crea que va a convertirse en un genio del cine que salga por esa puerta".
Y no hace falta decir que señaló la única puerta que había. Nadie salió.

Fue el silencio general más largo después de una frase sentenciadora que jamás me haya tocado "escuchar". Paradójicamente.


Pero en general, mi escuela en ese entonces no tenía un estricto plan de estudios. No había exámenes, ni calificaciones, ni tareas obligadas ni nada obligado. El que quería hacía sus deberes. El que quería leía a Shakespeare o a Stanislavski, el que quería se emocionaba con las obras de la nouvelle vague, o con las del neorrealiso italiano, con los angry young men. El que quería analizaba la obra de Rembrant, o la de Caravaggio. El que así lo quería estudiaba la geografía de la tierra o practicaba planos, encuadres, etc. Es decir, estabas ahí si querías, y ya.

De líos escolares recuerdo haberme metido en varios. En el último, quise, (sin ser obligada), documentar a un personaje de circo, un clown, encabezando así una travesía poco organizada que finalmente resultó un tanto catastrófica. Sin embargo, fue durante esa travesía poco organizada, que fui conociendo lugares encantadores del oeste de Alemania; Baden-Baden, Freigbourg, Rust; en éste último existe un pequeñito parque de diversiones (un parque temático), que durante el invierno parece sacado de un cuento fantástico.
La primera vez que estuve ahí era de noche y nevaba. Un trenecito de pasajeros, que pertenecía al parque, me condujo hasta el lugar del dinner-show deslizándose sobre el parque semi iluminado por los focos que los empleados rezagados todavía utilizaban para finalizar las últimas tareas del día.

Hice también toda la ruta bávara en el tren que parte desde Munich hasta bien entrados los Alpes. Al llegar a la última estación de la ruta, el tren suaviza considerablemente su marcha y los pasajeros aprovechan el detalle técnico para deleitarse viendo el calmo paisaje bávaro y sus poblados de tan solo unas cuántas casas.

En Suiza conocí Basel y visité Sant-Imier, un pequeño pueblito de la parte francesa, en donde se encuentra la sede de una asociación circense fundada en honor al payaso Grock, de la misma nacionalidad.

Más al norte pasé unos meses en Berlín, una ciudad que me encantó por completo. Con un dinamismo por demás extraño, con una visión revolucionaria del futuro. Es como si la gente ahí viviese una década más adelante, y por consiguente, hubiese vivido una década atrás que nosotros jamás vivimos.

Hice éstos y otros viajes a ciudades europeas con el dinero que estaba destinado para los estudios universitarios que ya había abandonado en Monterrey. A menudo que comento sobre mi estancia fuera, muchos me dicen: "que suerte has tenido, algunos no tuvieron ni si quiera la oportunidad de ir a la universidad".

En ese tiempo mis padres hacían un esfuerzo y podían solventarlo, y estoy segura que los que no tuvieron la oportunidad de estudiar ni una carrera se hubiesen mofado de mi de haberlo desaprovechado!

No me arrepiento de haber cambiado un campus de universidad por una pequeña escuela en el corazón del barrio guinardó, allá en la capital catalana. Ni me arrepiento de haber sustituído un título universitario por un boleto de avión, o el de un tren, o de un autobús.
Quizás nunca pueda sentarme a contar todas esas anécdotas universitarias que muchos pueden volver a la vida con tan solo abrir sus viejos anuarios, pero sin duda, si tuviese de nuevo 19, volvería a hacerlo.

Aquí en México, poco a poco me he ido adaptando de nuevo a este país. Al sol, al calor, al trabajo del día a día. A sentir cariño por los que todos los días trabajan duro para comer y alimentar a sus familias, y sólo para eso. La vida en México no es tan fácil, pero he aprendido a ver y comprender que siempre hay un momento de calma.

Ésta es una etapa diferente desde aquellos 19. Cada momento que paso en ésta ciudad es un "no sabemos que será mañana".
No quisiera nunca olvidar que he tratado de hacer de mi vida un viaje, y que eso quiero seguir haciendo mientras viva. Después, ya veremos...

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