A lo largo de nuestra vida, el contacto que tarde o temprano tenemos con las instituciones; la Iglesia, el Estado, la Academia, suelen iniciarnos en las actividades propias de un espíritu enaltecido con la experiencia de lo sacro, lo político, lo intelectual; nociones frecuentemente desprovistas de cualquier indicio humorístico, porque el humor, concebido desde estas perspectivas; es profano, trivial y tonto. Cuesta trabajo imaginarse un tratado religioso, político o intelectual sobre el humor porque se ha creado el mito de que los religiosos, las autoridades y los sabios no ríen, son gente “seria”. Y en efecto, el humor no es solemne, no es protocolario ni mucho menos aburrido. Pero si ser “serio” significa ser respetable, digno e importante, entonces el humor es serio, y muy serio.
Tras ese disfraz frívolo, informal y ligero en el que se suele manifestar el humor, se arropa un espíritu subersivo, una crítica profunda, una opinión aguda, una visión ingeniosa que alcanza a percibir un ojo que no se detiene sólo en la superficie.
Blanca Estela Ruiz Zaragoza
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¿Qué es la alegría o qué significa estar alegre? Pues es estar en realidad presente de uno mismo; y este “estar-en-realidad-presente-de-uno-mismo” equivale al “hoy” […] a existir de verdad para el día de hoy.
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