Yo sé que ustedes no conocen a Lalo y yo nunca les he hablado de él. Pero si hay una canción que representa mi aprecio por Lalo es sin duda Brazil, de Cornelius.
Llegar a conocernos fue mágico, en verdad mágico.
Nuestro infinito amor duró 30 días.
Vivíamos en una preciosa casa blanca, con patio en medio, el "patio andaluz" que le llaman y que se hizo tan popular en todas las casas mexicanas de la época colonial.
Ahí instalábamos nuestra "terraza del verano", que consistía en el colchón de mi cuarto y la laptop de Lalo. Invitábamos a nuestros compañeros de casa y nos dormíamos viendo alguna película.
Era verano por ese entonces, así que la dichosa terraza nos caía de perlas. Dormir al aire libre era una bendición!
Lalo siempre fue un blanco delicioso para los mosquitos y andaba siempre picoteado, así que aunque mi última imagen siempre era un beso tierno, siempre amanecía sola o con Moni, quien también se quedaba completamente dormida.
No sé cuántas veces le reproché a Lalo que me dejara sola durante la noche, "para que quieres hacer la terraza del verano si luego te vas en la noche, como sabes" le decía. Indiscutiblemente nos partíamos de risa apenas terminaba la frase.
Lalo fue un cuento, uno divertidísimo.
Lo que más disfrutábamos era hacer kayak. Estábamos ahí como si nada en el mundo existiera más allá de la orilla. Como si nuestros kayaks fueran nuestro universo.
Éramos como niños, niños extremadamente felices. Podíamos mirarnos a los ojos por horas y era como hablar de algo desde las entrañas.
Si alguien algún día me pregunta si es posible enamorarse de alguien tanto en tan poco tiempo le diré que sí. Y que aunque las relaciones duren poco, el amor dura para toda la vida.
Brazil, de Cornelius, me arrullaba en esos tiempos.
A mi siempre amigo Lalo
viernes, 4 de marzo de 2011
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